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       “Dos Pájaros de un Tiro” fue un ejercicio de dualidades de principio a fin,  donde todo parecía discurrir entre dos planos. Dos artistas, dos personalidades y la doble vocación de cada uno de ellos. Sabina, desde muy niño, “quería ser Joan Manuel Serrat”. Y aunque Serrat no reconociera lo propio a la recíproca, se le adivinaba al menos la atracción hacia la baja estirpe de Joaquín.
       
       La dualidad no acabó ahí. “Dos Pájaros de un Tiro” no era tanto un concierto como una reunión. La visita había que hacerla desprovisto de prejuicios. Sabina lo fue en estado puro. Sin conservantes ni colorantes. Tanto, que recuperó y reescribió con acierto temas del directo de Viceversa y el trepidante “Pacto entre Caballeros”, que no envejecen y que tanto se echaron en falta en anteriores ocasiones.

       Serrat, por su parte, mostró su cara más tapada. Alguno de sus seguidores podría no entender esta gira sin revisionar antes a Tarrés, ese tipo que “anda para atrás, escribe del revés y nunca tiene bastante”. Este “alter ego” de Serrat ya había asomado al espejo en “Si no fos per tu”, un tema donde el “Nen del Poble Sec” le reprochaba una vida licenciosa que -sin embargo y como acabaría reconociendo- le rescataba del día a día del “trabajo, compromisos, rutinas, familia, municipio y sindicato”.

       A estas alturas del partido nadie duda que fue Tarrés, y no Serrat, quien se calzó - hace ya más de veinte años-  la chupa de cuero y unas gafas de sol para improvisar una versión rockera de “Qué Bonita es Badalona”. Pero al abrigo de las malas compañías (y Sabina, no lo duden, es de las peores) incluso esta antítesis de Serrat, ese tal Tarrés, deja de ser el gamberro simpático que siempre quiso ser para mostrar también él su cara más impertinente. Resulta que es un golfo de cuidado. Otro pájaro. Esta faceta que descubrimos en Sevilla, de tan insólita e impensable en alguien tan dulce como Juanito, el Nano, nuestro Joan Manuel, el “Nen del Poble Sec” de toda la vida, hubo que encomendársela a un tercero. Y es por esto que no quedó otra opción que dejar suelto sobre el ruedo a Tarrés, “el niño de la sardana”, el otro, el cómplice, el traidor.

       Sin embargo, al igual “que si en cada alegría hay una amargura, y todo infortunio esconde alguna ventaja”, si en los conciertos de Serrat es habitual ver asomar algún ramalazo de Tarrés, en esta reunión de ayer era Serrat quien se colaba por las rendijas a poco que su otro yo se lo permitiera. Fue por eso que si bien Tarrés, este descortés irreverente, no quiso verbalizar anoche los méritos de Sabina, fueron los gestos de Serrat quienes delataban su admiración por Joaquín. Quizás porque éste osa lo que Serrat apenas sueña. Sólo un personaje de la catadura amoral de Sabina sería capaz de levantar los faldones de su levita e improvisar una sardana histriónica, a cara regañada y  coreografiada por Tim Burton, mientras Serrat interpretaba uno de sus temas sagrados: “Tu Nombre me Sabe a Yerba”, todo ello con la certera connivencia de Serrat, travestido como estaba de Tarrés, ebrio de dualidades y hechizado por El Guadalquivir.

         Al contrario de lo que habría sido previsible, fue Sabina quien por dos veces trató de dar al envite un plus de dignidad. La primera para homenajear a “el Nano”. Otra, para brindar el toro a José Tomás. En ambas le cortó el rollo Tarrés. El mundo al revés. Fue por este vació de pretensiones, por este retorno a ninguna parte, que el experimento resultó tan interesante.        

       Del choque de trenes entre ambas civilizaciones salió fortalecido Joaquín Sabina en las versiones más cañeras y rotundas. Con un público entusiasta que se reivindicaba aún antes del inicio del concierto, Sabina actuó como superconductor para que la música se propagara desde cada uno de sus instrumentos hasta el último de los cuerpos allí presentes. Rebosaban su energía de tal manera que cuando el de Ubeda descargaba un zapatazo sobre el tablero del escenario sus incondicionales levantaban irremediablemente un palmo del suelo, al que regresaban rítmicamente sólo para volver a salir despedidos en cuanto el brazo electrónico de Sabina los catapultara de nuevo. Para Serrat debió de ser una experiencia fascinante el comprobar una reacción tan física de la materia, acostumbrado como está a canalizar la alquimia de los sentimientos. Y fue en este punto donde no quiso dejar lugar para sorpresas.

       Serrat. El nuestro, el de siempre, el que no deja lugar a la improvisación, sabe y gusta de ganar en las distancias cortas, en el tuya-mía, en el bis-a-bis y también en esta reunión “al alimón”, que decía Joaquín. Serrat al cien por cien. Sin pararse a discriminar quién era el autor de cada texto, se exhibió sin pudor mostrando las versiones más intimistas de su repertorio y mejorando las lentas de Sabina. El público vivía una catarsis cada vez que saltaba de los órganos a los sentidos, de las vísceras a la flor de piel. Y viceversa. Cuando Sabina actúa los asistentes participan: saltan, gritan, palmean, cantan, sienten, vibran, gritan, ... Con el Serrat más intimista dejan de ser parte de la escena y se descubren -quizás sorprendidos, tal vez incrédulos- como meros espectadores. Espectadores de un encuentro único del autor con el sentimiento. Asistentes de un derroche de naturalidad que, paradójicamente, no puede ser casual. Si Sabina fue el fragor de una tormenta, Serrat era el delirio de un susurro. 

       Serrat, Tarrés y Sabina -los tres- fueron anoche dos pájaros a tiro. Nunca antes estuvieron tan expuestos. Nunca se gustaron tanto. En un recital de Serrat, dos pájaros serían dos almas libres que gustan de volar donde no alcanzan los gatos, como un gorrión. O bien dos pájaros dorados, que alzan el vuelo y parten el cielo en dos, rondando el sol y el pecado. Con Tarrés y Sabina sobre la tarima, sin embargo, dos pájaros son dos pájaros, y pare usted de contar. Dos gamberros. Dos transgresores. Dos piratas con pata de palo. Dos rumberas. Dos chulapas. Dos cabareteras. Dos prestidigitadores.

       Es por eso que ironizaron sobre la vida y la muerte, tanto “el maestro” como “el benjamín de estos dos despojos”. Y es por eso que nos gustaron tanto, tal como son. Tal como están. Tal como se mostraron: más macarras, más canallas, más sinceros. Marcaron el compás a bombo y platillo, bromearon, se insultaron, desfilaron al ritmo de la fanfarria, y Sabina simuló gestualmente actos que ni siquiera el peor Tarrés se atrevería a reproducir, ...

       Y en este ejercicio de dualidades sin límite, de dos elevados a dos hasta el infinito, se coló de nuevo Serrat entre los vestigios del Tarrés a entonar en solitario la primera estrofa de “Aquellas Pequeñas Cosas” para luego arriesgar ese valor seguro al oficio de Sabina. Joaquín consiguió lo que era un imposible: que todo el mundo sepa que puede versionar uno de los clásicos de Serrat sin desmerecerlo, ...  y por rumbas, casi ná. En uno de los momentos más enriquecedores de la noche enlazaron dos temas más al anterior. Continuaron por la pista de Serrat a Sabina y una vez que sobrepasaron la línea cantaron uno de los títulos que a buen seguro les habrá propuesto Tarrés, aunque sólo fuera para rememorar, por si alguien lo había olvidado, que estos dos monstruos “no estaban muertos, que estaban de parranda”. 

       Era ésta, pues, una reunión propicia para vivirla sin prejuicios. El público pasó de la acción a la expectación, de su falda a tu blusa, toca madera, debiera estar prohibido un concierto así. Y en esa vorágine de sensaciones podríamos haber visto que quizás alguno de los “sketches” resultó demasiado evidente y hasta fuera de lugar, que alguna actuación estuvo forzada, que se echaron de menos conversaciones de mayor calado, ...

       Pero no estábamos allí para eso. Estábamos para disfrutar y ser disfrutados y, quizás por primera vez en la vida artística de estos dos charnegos universales, de estos dos francotiradores de las letras, fuimos para ver cómo se gustaban. Cómo se querían. Cómo nos chuleaban. Fuimos para descubrir que están de regreso. Que lo tienen superado. Así, “Nos Sobran los Motivos” cobró nueva carta de naturaleza. A dos voces y a pleno pulmón, en vivo y en directo, Serrat y Sabina, Joaquín y el Nano, que tanto montan, montan tanto, fueron desgranando, desde el primer acorde del concierto, cien motivos para no cortarse de un tajo las venas. Es por eso que empezaron con fuerza, entremezclando en un nuevo binomio dos de sus temas emblemáticos y terminaron como empezaron, como siguieron toda la noche: entregados a su público, “no el tuyo y el mío, sino nuestro público”, en el último tema ya desnudos, sin acompañamientos orquestales, a solas con sus voces, tres guitarras y su mejor oficio, quizás el más antiguo del mundo, ... la canción.

       Así las cosas, con los dos artistas entregados y desnudos sobre el escenario y un público ansioso por recibirlos a calzón quitado, impaciente por dejar caer su buena reputación a los pies de las tablas, el resultado final no pudo sorprender a nadie, ... aquello fue una orgía. Que del fruto de aquella unión nazcan Joaquina, Penélope o Lucía, ya dependerá en parte de la fortuna y en parte de las afinidades y simpatías de cada cual. Ya se sabe: contra gustos no hay disputas.

       Que nunca se ponga esta luna de miel.
Dos Pájaros en el Guadalquivir